Letra tras letra; palabra tras palabra
Voy a oprimir una sola tecla, pero para decirlo ya habré oprimido, hasta este punto, sesenta y siete. Algunas, claro, las oprimí más de una vez. Y no podía ser de otra manera, pues 25 signos gráficos son los únicos con los que contamos para armar las múltiples combinaciones con las que escribiremos infames decretos o sublimes y trascendentales piezas literarias. Punto y seguido. Demasiados caracteres que podría haber resumido con un punto, como el que sigue al final de esta oración. Es cómo en la música, que con unas pocas notas (y no voy a decir siete, porque en realidad son más de siete los sonidos involucrados en el sonoro arte) se hace música tan maravillosa, tan distinta, tan variada, pero también tan mala, comercial y superflua, como esa que frecuentemente nos atormenta en la radio, la tv, el transporte público o los pobres indigentes que usan celular sin audífonos. Voy a oprimir otra tecla. Y entre ésta y la primera que oprimí, ya he oprimido varias, lo que me ha traido al segundo párrafo de esta disgregación semántica-sintáctica, que más bien se me antoja como un ejercicio de escritura, un poco más avanzado que el eme a, ma, eme i, mi ó erre o, ro, que alguna vez nos enseñaron con aquel librito de gigantes caracteres y rojas y subrayadas sílabas. Y todo esto porque me gusta escribir, pero lo hago poco. Porque soy capaz de imaginar una enorme habitación, de altísimas y blancas paredes, paredes lejanas del centro sobre el cual me encuentro parado, tan lejanas que cuando las ondas sonoras que codificadas por mi cerebro y hechas realidad física por medio de mi aparato fonador, alcanzan el otro extremo, les da flojera devolverse. Imagino esa inmensidad blanca, ese silencio obligatorio, ese agotamiento de los ojos que se esfuerzan por encontrar sobre la retina el reflejo del final. Y se me olvida que estoy encerrado, pero no lo puedo comprobar, sólo recordar que es así. En la habitación no hay nada. De hecho no hay habitación. Las palabras escritas no son la habitación, son tan sólo unos signos puestos en lugar de la habitación. La habitación la puso usted o debo decir, la imaginó. Porque bien puedo escribir sobre una habitación que he visto, bien puedo escribir sobre una habitación que no existe. Y aunque la habitación exista, sólo es real si usted está en ella, de otro modo, está usted tan sólo imaginando la habitación real, por medio de las palabras que yo escribí. ¿Me sigue? ¡No es cierto! Acabo de voltear y usted no está detrás de mi. Sigo oprimiendo piezas plásticas desde mi teclado QWERTY. Si no entiende, observe su teclado desde la “Q” y lea hasta la “Y” ¡QWERTY! Sé que el azar podría haberme hecho combinar letras y palabras de manera que hubiera comenzado este texto diciendo: En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme. O quizás: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. O quién sabe: Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha. Pero no, la primera frase fue “voy a oprimir una sola tecla” con la muy deliberada intención de ponerme a escribir. Y con esta cuarta vez que oprimo la tecla enter, que cariñosamente llamaba de niño return, comienzo el quinto párrafo. Con esta segunda oración lo continúo; espero ser más coherente con esta oración relacionada. Pero si no lo lograse en esta tercera oración, debería ir pensando en dar por terminado este párrafo que no quiero que se llene de ideas demasiados extensas al punto de que sea difícil distinguir la idea principal de la secundaria sobre todo cuando se dá demasiadas vueltas girando alrededor por todos los lados circunferencialmente con el peligro que implica con eso caer en el punto en que se llega al sitio en el que de manera repetida muchas veces reiteradamente una y otra vez en la redundancia. Voy a oprimir una sola tecla, esta vez sí, para terminar con una eñe final. Ñ Daniel Henríquez - Sábado 18 de diciembre - ©2010